01.05.06

La oportunidad de un horizonte sin nucleares

Autor: Joan Herrera

Publicat a: El País
El 26 de abril se cumplieron 20 años del peor accidente nuclear en la planta nuclear de Chernóbil. El domingo pasado se cerró la segunda central nuclear de España, Zorita, después del cierre de Vandellòs I por un incendio. En los últimos años, muchos son los países que han planteado un calendario de cierre de sus centrales: Alemania, Suecia, Holanda. Otros, como Italia y Austria, mantienen su negativa a la proliferación de la energía nuclear.

Sin embargo, el precio del petróleo, y los ejemplos recurrentes de que Finlandia esté construyendo una nueva central o que en Alemania la canciller, Angela Merkel, tenga la voluntad de revisar el horizonte de cierre ya pactado son, para algunos, argumentos suficientes como para revisar la negativa a la energía nuclear

Los que plantean un horizonte para renuclearizar Europa y España creen que las consecuencias del cambio climático vuelven a dar una segunda oportunidad para la energía nuclear, y parece que todos los inconvenientes de la energía atómica han dejado de existir: no hay emisiones de gases de efecto invernadero, no hay dependencia del exterior, el combustible es ilimitado, y su opción es más económica que otras fuentes de energía.

Pero las explicaciones que se dan se caracterizan por no dar una información fidedigna de cada una de las presumibles ""ventajas"" de la opción nuclear. Cuando se dice que la energía nuclear no contamina se omite un dato definitivo: todavía no hay solución para los residuos nucleares, activos durante decenas de miles de años. La contrapartida a dejar de emitir gases de efecto invernadero es la generación de residuos radioactivos, que duran decenas de miles de años y que no se saben tratar, al ser ésta una tecnología inmadura, que no resuelve su principal problema.

En cuanto a la dependencia energética y dejando al margen el origen de la tecnología de las centrales nucleares (100% extranjera), España depende al 100% del exterior en la producción de mineral de uranio y en el enriquecimiento de éste (proceso básico para la posterior fabricación del combustible de las centrales nucleares). A su vez debemos recordar que ese uranio no es un bien ilimitado, su precio se ha casi cuatriplicado en los últimos cinco años y, según el libro rojo del uranio de la Agencia de la Energía Nuclear de la OCDE, en los próximos 50 años se acabarán las reservas actuales.

La industria nuclear siempre ha afirmado que el kilovatio-hora nuclear es de los más baratos, y es así si no se tienen en cuenta todos los costes que ha externalizado hasta hace muy poco el sector trasladándolos a la tarifa eléctrica: la gestión de los residuos y los costes de la moratoria nuclear, la responsabilidad civil limitada, la dotación del Gobierno para los planes de emergencia de las centrales nucleares o los costes de transición a la competencia. Frecuentemente se habla del coste de construcción de una central, unos 3.000 millones de euros, necesita de un horizonte que garantice tal inversión, pero se obvia que los costes de desmantelamiento no los paga el explotador. Y el dato irrefutable es que la energía nuclear ha perdido la batalla de la competitividad económica en unos mercados energéticos cada vez más liberalizados; el Banco Mundial y otros bancos multilaterales no financian desde hace tiempo proyectos nucleares, por no ser una opción eficiente en coste.

Respecto a la seguridad en el suministro, la experiencia de los últimos años demuestra que ésta no se ha producido. A medida que las centrales han ido ganando edad, los incidentes se han multiplicado. Sin ir mas lejos, la mayor parte del año 2005, una de las tres centrales catalanas, Vandellòs II, estuvo fuera de servicio después del incidente más grave de los últimos años, mientras que este mes de abril, dos de las tres centrales catalanas en activo han estado fuera de servicio.

A estos factores debe sumarse aquello que no se explica de la energía nuclear. En primer lugar, su desarrollo, o incluso su consolidación, en nada ayudarían a la no proliferación del armamento nuclear. En segundo término, las mismas centrales, así como los residuos que generan, son un factor de riesgo en un mundo como el del siglo XXI, con un nuevo terrorismo que podría llegar a especular con las guerras sucias nucleares.

En tercer lugar, ante algo más que dudas sobre el efecto que tiene sobre la población que está en su entorno, el principio de precaución no aconseja el mantenimiento de las centrales, y mucho menos el desarrollo de una tecnología aún hoy tan inmadura.

Todos estos factores conducen a una conclusión: el inevitable horizonte de cierre. Y éste debe producirse sabiendo cuáles son los tres principales problemas del sistema energético español. El primero es la ineficiencia energética: la cantidad de energía que hace falta para producir una unidad económica ha aumentado un 5,3% desde 1993 hasta el 2003, mientras que en la UE-15 ha disminuido un 9,9% en el mismo periodo.

Además, la fuerte dependencia energética exterior significa que importamos el 75% de la energía primaria que utilizamos frente al 50% de media en la UE, cifra considerada ya elevada por las instituciones comunitarias. Y la consecuencia del modelo es ser el país que incumple más con los compromisos de Kioto.

Dadas estas características, la seguridad en el suministro no debe buscarse mediante un aumento de la generación de electricidad, sino en una mejora de la distribución, en el mantenimiento y modernización adecuados de los sistemas de transformación y distribución, justo en los sectores donde las eléctricas no tienen su volumen fundamental de negocio. Por las debilidades del modelo es precisamente oportuno plantearse un calendario de cierre para las centrales nucleares españolas. En el plazo más inmediato, en el horizonte del 2009, deberíamos clausurar una central como la de Garoña, en Burgos, por sus instalaciones no sólo obsoletas, sino por una vasija que puede incumplir elementos básicos para la operabilidad en condiciones de seguridad durante 10 años más.

En el resto de centrales, el calendario de cierre tarde o temprano debe llegar, por las exigencias de la opinión pública, por los compromisos electorales, por la misma seguridad de las centrales e incluso para dar certidumbres al sector. Y la cuestión es si aprovechamos un obligado calendario de cierre para abordar los grandes retos del modelo energético español, o si por el contrario, continuamos escondiendo la cabeza bajo el suelo, sin planificación ni modelo alguno.

Se debe pactar ahora el cómo, el cuándo y en qué condiciones se debe realizar un cierre nuclear definitivo, programado y con la certeza de su efectividad. El pacto es necesario para abordar retos inmediatos, entre ellos el del tratamiento de los residuos, a sabiendas de que difícilmente puede haber un acuerdo real sobre los mismos sin conocer hasta cuándo se van a generar estos residuos.

Encima de la mesa está una propuesta, planteada desde la Conselleria de Medio Ambient de Catalunya y desde ICV: se trata de un plan puente para las plantas de energía nuclear, que consiste en decidir un objetivo de cierre, sabiendo que los últimos cinco años la vida útil de las centrales nucleares se darían bajo dos condiciones: que los aspectos técnicos y de seguridad lo permitan y que se distribuyan los gastos de amortización de las centrales (que dejan de producirse) de la siguiente manera: 20% para aumentar la seguridad y el mantenimiento de las centrales, un 20% para el gestor de la central, un 10% para un fondo de dinamización económico y social para las comunidades autónomas con cierre de centrales y, finalmente, un 50% destinado a la creación de una fondo para las energías renovables, el ahorro y la eficiencia energética. De esta manera, el mismo cierre de las centrales serviría para afrontar los principales retos del modelo energético español; ahorro y eficiencia y mayor impulso de las renovables. Es un hecho que la generación de energías renovables actual no puede satisfacer la demanda de hoy para mañana. Así, hay que buscar una energía de transición. Si agotamos ""el período de vida convencional"" de las centrales nucleares que están en funcionamiento hoy, sin tener un plan alternativo de sustitución, no se cerrarán, ya que producen un cantidad significativa (24%) del total de Kw-hora que cubre la demanda eléctrica.

A partir de ahora, se trata de que sepamos abordar el debate no sólo con valentía, sino con independencia, y perspectiva de futuro. Después de varias sesiones de trabajo sobre la evolución de la energía nuclear, el Gobierno tendrá que optar: y la opción o es más de lo mismo, o empezar a trazar un horizonte sin nucleares.

Joan Herrera Torres es portavoz de ICV en el Congreso de los Diputados.