29.07.02

TIEMPOS DE REFLEXIÓN

Autor: Antoni Gutiérrez Díaz

Publicat a: Pais
El rapapolvo público que le ha echado Aznar a Jordi Pujol y a la dirección de CiU por la debilidad mostrada en el apoyo de sus posiciones, expresada por el voto contradictorio en la ley de partidos, la insolidaridad en la aprobación del ""decretazo"" y la ambigüedad mostrada ante la huelga general, ha ido seguido de una severa advertencia del señor Arenas, como secretario del PP español, y del señor Fernández Díaz, con un acento subordinado pero un poco más catalán, abriendo todos ellos lo que han llamado un período de reflexión tras el cual decidirán si siguen o no ofreciendo su apoyo a CiU en el Parlament de Catalunya, que la organización nacionalista necesita para no quedar en minoría.

Es evidente el desairado papel a que han sometido al president de la Generalitat los líderes del PP con sus críticas y amenazas, tanto en el fondo como en la forma, en un campo tan sensible para Jordi Pujol -tanto más cuanto que está viviendo ya su última legislatura- como es el ámbito de la política catalana ejercida desde la perspectiva española. No hay duda que, más allá de la intromisión verbal y el estilo autoritario utilizados, las tensiones surgidas entre PP y CiU se acompañan también de problemas en el seno de las dos fuerzas políticas y de un clima de incertidumbre para el conjunto de la sociedad catalana sobre el horizonte electoral inmediato. Como convidado de piedra, la sociedad catalana no sabe, una vez más, si será o no consultada sobre cómo entiende que debe resolverse este estira y afloja entre los dos partidos que mantienen una precaria mayoría parlamentaria y que pone en evidencia los equilibrios del govern de la Generalitat.

Cierto que el PP de Catalunya ha venido tragando desplantes y correctivos en boca de los dirigentes de CiU, y lo ha hecho por imposición de Aznar con el argumento que se perseguían dos objetivos: primero, encontrar apoyos políticos a su mayoría absoluta en Madrid que hiciesen menos petulantes sus autoritarias decisiones y, segundo, propiciar la consolidación de Artur Mas como candidato contra la opción Maragall. Sin embargo, se están dejando oir voces en el interior del PP que ponen en duda ambos objetivos. En cuanto al primero, porque los dirigentes de CiU, inquietos por la imagen de supeditación al PP que están dando ante su electorado, adoptan actitudes que entran en contradicción con el apoyo político exigido. En cuanto al segundo, porque algunos dirigentes del PP no tienen claro que estratégicamente la victoria de Maragall les convenga menos que la de Artur Mas, ya que el distanciamiento explícito inmediato de los nacionalistas les permitiría arrebatar votos a CiU ya en la próxima convocatoria, y, sobre todo, porque, valorado a medio plazo, el fracaso electoral de Mas, coincidiendo con la desaparición del liderazgo de Jordi Pujol, produciría una dinámica dispersiva de la organización nacionalista que indirectamente fortalecería a UDC, organización que por sus lazos europeos y sus posiciones políticas plantearía en el terreno de las alianzas importantes posibilidades de futuro a cuatro años vista.

En las filas de CiU las tensiones crecen, conscientes de que están presos de una contradicción en el interior de la cual forcejean nerviosos, pero de la que no consiguen librarse. Mientras tanto, Artur Mas no logra ocupar el espacio que Pujol se apresta, con una manifiesta desgana, a abandonar, y aparece como un ejecutivo agresivo más que como un político nacionalista de síntesis, dejando traslucir que no se asienta en terreno firme sino sobre una coalición llena de tensiones y reservas, al tiempo que en alguna de sus iniciativas recoge fracasos personales, de las que es un ejemplo su viaje a Cuba donde fue ninguneado por Fidel Castro. Desde Cuba lanzó un reto a Maragall que, además de ser una cortina de humo para disimular la vacuidad de su viaje -""ni con Fidel, ni con la oposición""-, le transformaba de Conseller en Cap en líder de la oposición al pedir un debate con el primer candidato a president.

Más allá del peso real que las diversas opiniones puedan tener estos días, el período de reflexión anunciado por los líderes del PP tiene un fecha de caducidad insoslayable: la aprobación de los presupuestos que serán sometidos al Parlament de Catalunya este otoño. Veremos entonces si los diputados del PP diluyen toda su verborrea amenazante de estos días en un vergonzante voto positivo a los presupuestos del 2003, o si, coherentes con sus declaraciones, le niegan su aprobación, con lo cual el gobierno de CiU se verá obligado a prolongarlos y, abandonado por sus hasta ahora aliados, reconocer que ha sido desautorizado y que no tiene otra alternativa coherente que convocar elecciones adelantadas.

Bien está la reflexión antes de tomar las decisiones importantes en política, pero, como dice el adagio, ""obras son amores que no buenas razones"". Esperemos, pues, expectantes que llegue el otoño para hacer un juicio definitivo.