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06/12/2009
Contra la corrupción, por la Catalunya trabajadora

Joan Herrera

Secretari general d'ICV

El Mundo

Los últimos casos de corrupción que hemos conocido, el robo de Millet al Palau de la Música y la Operación Pretoria, han provocado un verdadero movimiento sísmico en la sociedad y en la política catalana. Catalunya no ha sido ajena a los casos de corrupción que se han producido en cualquier parte del Estado, como el caso Gürtel, y del mundo, desde Estados Unidos hasta la Italia de Berlusconni.

 

Estos días se ha producido un alud de propuestas para combatir la corrupción y en favor de la transparencia. Bienvenidas sean todas las propuestas de reformas en la financiación de los partidos políticos y de sus fundaciones, en unas campañas electorales o en la transparencia y control de los procesos de recalificación urbanística y en la limitación de las plusvalías. ICV ha propuesto a todas las fuerzas políticas 10 medidas concretas contra la corrupción, por la transparencia y el buen gobierno. Desgraciadamente no es la primera vez que se intentan impulsar reformas de "regeneración" democrática. Sería una irresponsabilidad que las declaraciones de estos días no se concretaran ahora en medidas específicas.

 

El malestar social que han provocado estos casos es, lógicamente, muy grande. Pero corremos el riesgo de no acertar en la diagnosis y en la solución del problema. Podemos sufrir la demagogia y el populismo, que intenta confrontar la política con la ciudadanía, apelando a una salida individualista frente a la única respuesta posible: una salida colectiva de esta crisis de valores.

 

La línea divisoria, por tanto, no está entre política y ciudadanía, sino entre los que han especulado y corrompido, los que han puesto la codicia y el enriquecimiento personal por encima de todo; y la Catalunya trabajadora, la gente que se gana la vida con su trabajo, ya sea como trabajadores, como empresarios, como funcionarios o como cargos públicos de diferentes partidos.

 

La corrupción tiene el origen en la lógica del enriquecimiento fácil, en un modelo basado en un urbanismo que privatiza como ganancias una decisión pública y colectiva, permitiendo un enriquecimiento ilimitado a partir de ningún valor añadido. Las consecuencias son el desmedido crecimiento de los precios del suelo y de la vivienda, la burbuja financiera e inmobiliaria, un modelo de crecimiento que no sólo tenía los pies de barro sino que ha provocado efectos perversos en la economía y en la política. Este modelo ha promovido unos valores que amparan prácticas fraudulentas, como el enriquecimiento rápido y el lujo como sinónimos de triunfo social, el interés privado sobe el interés general, una manera de entender la política que pone las instituciones al servicio del beneficio personal. Y la lógica ha acabado contaminándolo todo, hasta desincentivar la inversión en la economía productiva para poner todos los huevos de la cesta en la economía más especulativa.

 

Estos valores han venido de la mano del neoliberalismo imperante hasta la llegada de la crisis. Estamos hablando de casos y situaciones diferentes, algunas ilegales y fraudulentas, otras legales, pero igualmente fraudulentas. Es evidente que entre Madoff, los sobresueldos espectaculares de los ejecutivos de determinados bancos, el blanqueo de capitales, los paraísos fiscales, las hipotecas "basura" y los casos de corrupción urbanística hay un hilo conductor: la codicia como valor supremo, la carencia absoluta de ética política y de responsabilidad social en los negocios.

 

La cruz de todo esto ha sido el empobrecimiento de mucha gente que ha sufrido la especulación inmobiliaria en forma de hipotecas imposibles de pagar, el paro que ha provocado el estallido de la burbuja y los recursos públicos que no se han dirigido a la educación, la salud o los servicios sociales.

 

Para acabar con la corrupción es necesario impulsar el cambio de modelo productivo y financiero, es necesario poner fin a los paraísos fiscales y combatir seriamente el fraude fiscal. Hace falta avanzar hacia un modelo urbanístico dónde las consecuencias de la transformación del suelo tengan una profundización básicamente pública. Los valores dominantes tienen que ser los de la ética del trabajo, del bien común y del buen gobierno, valores de millones de personas que trabajan, que crean e innovan, que hacen política sirviendo a la comunidad. Y es a partir de estos valores que la ciudadanía también debe ser exigente con la política.

 

La política, sobre todo la de izquierdas, y la Catalunya trabajadora, deben liderar la lucha contra la corrupción, por la transparencia y por el buen gobierno.

DJ 09/02/2012 | 03:31
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